viernes, 23 de octubre de 2015

LA LETRA CON MIEDO, ENTRA

   Más de una vez había escuchado aquello de que los libros no los escoges, sino que son ellos los que te eligen a ti. Pues esa curiosa sensación la tuve hace poco en la Cuesta de Moyano de Madrid. En ella existe un mercadillo lleno de quioscos con todo tipo de literatura de segunda mano. Puesto tras puesto se agolpan volúmenes, revistas, tebeos, bibliografías, clásicos, etc. El sitio es ideal para hacerte con una buena cantidad de lectura bien barata, ya que hay desde unidades sin estrenar a libros que rozan la venta vergonzosa: ver casetas en las que puedes adquirir algunos por veinte céntimos de euro es casi un desprestigio para el arte de leer o escribir.
   Mientras me desplazaba cual insecto, de un tomo a otro, buscando el néctar adecuado para mi mente, me llamó la atención uno con tapas rojas y un enorme “NO” en la cubierta. Sólo fue un momento. Giré la cabeza otra vez y volví a observarlo. A pesar de no tener ninguna referencia de la historia, ni saber quién era el autor, cambié de quiosco y algo me dijo que debía llevármelo, no sé el qué. Reitero la percepción que mencioné al principio de que el libro me había elegido a mí.
   Me asusté al ver a un posible comprador que, distraído, fijaba sus manos en él. Su cara se tornó en una mueca dantesca y se retiró. Regresé sobre mis pasos, lo cogí y me puse a revisar sus detalles. Parecía estar en buen estado, impresión que no había tenido antes. La primera vez, tras hojearlo, me había parecido que tenía hojas en blanco, pero no: su presentación era correcta. Muchas cosas eran sobrecogedoras ya que no aparecían por ningún lado el nombre del autor, editorial, ni código de barras. Era como si alguien anónimo se hubiera limitado a escribirlo y abandonarlo en el mercadillo.
   Pedí que me cobraran y me encontré con otra sorpresa: algunos libreros te dicen el precio en dos segundos o menos, pero en este caso, el dueño dudó, se mostró incrédulo, e incluso dijo creer que ese volumen no era de su puesto. Tras mirarlo un rato, con cierto sobresalto, me preguntó de dónde lo había tomado y calculó su valía en función del lugar que ocupaba. Resultado: dos euros. Lo guardé en la mochila y me olvidé de él.
   Al día siguiente empecé con su lectura y, desde el principio, algo me atrapó: Quizá el vocabulario, la riqueza literaria o el ritmo. La historia no parecía gran cosa, incluso hoy, no sabría decir de qué iba, pero la forma de contarla era apasionante. No sé, el caso es que durante las semanas posteriores una especie de fuerza sobrenatural hizo que leyera con fruición.  

Portada del disco "La Leyenda de la Mancha" de Mago de Oz (1998)

   En un momento dado encontré un término cuyo significado no conocía. Era insidia. Miré en internet y aclaré mis dudas: engaño o artificio con el fin de perjudicar a alguien, para hacer daño a otro. Esto no tendría ninguna importancia de no ser porque el fin de semana, en una charla con los amigos, apareció la palabra. Mejor dicho, no apareció. Quise introducirla en una conversación pero no pude. Veía las letras en mi mente con claridad. Es raro de explicar, no es que no me acordara, sino que mis labios, mi boca, mi intelecto se pusieron de acuerdo para no pronunciarla a pesar de mis esfuerzos. Creo que nunca me había pasado algo tan extraño.
   Aparté la mala sensación de mi cabeza y continué con mi vida. Pero todo empeoró cuando empezó a ocurrirme lo mismo con otras palabras de uso cotidiano. Lo que se inició con vocablos poco usuales, continuó con formas de expresión habituales que mermaron mi capacidad para relacionarme con la gente. Tartamudeaba, solo pronunciaba parte de algunos términos, me trababa y me sentía inseguro y nervioso.
   Opté por visitar al médico pero no encontró signos físicos que impidieran una normal utilización del habla. Por ello me tomé unos días libres para descansar y eliminar tensión del cuerpo. En ese tiempo aproveché para avanzar la lectura del misterioso ejemplar y, no sólo no fui a mejor, sino que agravé mi situación. Dudaba de si leía para fructificar los momentos en que estaba enfermo o si estaba malo por leer ese libro.
   Ya no sabía qué hacer ni a quién acudir, más que nada porque era incapaz de hilar dos frases con sentido. Mi novia intentaba ayudarme pero pensaba que me estaba volviendo loco.
   Entonces me di cuenta de lo que pasaba, a pesar de ser lo más absurdo que le pueda ocurrir a alguien: Aquellas palabras que iba leyendo en el extraño volumen mal encuadernado, desaparecían de mi conocimiento al ritmo de la lectura. No sólo de mi intelecto, también las páginas quedaban en blanco según avanzaba. Qué raro no haberme percatado antes. Parecía que el tomo mermaba mi vocabulario, mi capacidad de expresión. Todo quedaba absorbido por él. No sólo blanqueaban las hojas leídas, también se añadían más páginas por arte de alguna brujería. Por ello, nunca se acababa, cada vez parecía más voluminoso.
   Aún conociendo ya la fuente de mi problema, no podía enfrentarme a él, puesto que me era inevitable seguir leyendo. Una fuerza de otro mundo tiraba de mí, me obligaba a continuar con el suplicio de sentir cómo mis conocimientos desaparecían dentro de aquel engendro de tinta y celulosa. Probé a quemarlo, a arrancar hojas o, simplemente, esconderlo con el fin de no poder acceder a él. De nada sirvió, pues la misma contundencia maléfica era más poderosa que mi conciencia.
   Por suerte mi novia, al verme cada vez más enfermo, febril, con los ojos observando otros mundos en este, advirtió que el libro tenía algo que ver con mi locura.
   Fue entonces cuando me arrancó de la cama, cogió la obra y nos arrastró a los dos dentro del coche. No dudó ni un momento: la cura debía estar en el mismo lugar donde hallé la enfermedad. Regresamos a la Cuesta de Moyano y, con cierta indiscreción, nos desprendimos de aquella abominación que se alimentaba de mis energías vitales.
   El tomo quedó abierto por uno de los capítulos que estaba en blanco. Mientras nos alejábamos, vi como un cliente pasaba su mano de manera despistada por el ejemplar que, ante mi asombro, volvía a llenarse de palabras, frases y fragmentos, al sentir el calor humano de otro cuerpo. Con el texto reaparecido, la historia se repetía: un hojeo por encima, segundos de reflexión y consulta al librero para conocer su coste.

-          Este volumen no parece mío, ¿de dónde lo ha sacado?.
-          Estaba en aquella zona, junto a los de dos euros.
-          Ah, bien, pues entonces... dos euros.  



   Texto finalista del Festival Cryptonomikon 5 (2012) de fantasía, terror y ciencia ficción (Mostra de Relat de Terror, Fantasía i Ciéncia Ficció de Badalona) y publicado en el libro del mismo título para conmemorar la quinta entrega de este certámen. 


domingo, 27 de septiembre de 2015

BAJO EL DON DE LA EBRIEDAD


   Aquella chica me volvía loco. Sólo estar cerca me ponía nervioso y más cuando ella tocaba mi mano o me acariciaba amigablemente. A veces, se cogía de mi brazo y notaba como mis cimientos internos se tambaleaban ante su contacto. Aparte de mi pareja habitual, hacía demasiados años que una mujer no despertaba en mí tales ansias de erupción volcánica. Me atormentaban pensamientos de confusión, quería pasar momentos con ella y al mismo tiempo la eludía para soslayar la tentación.
   A altas horas de la noche solía llevarla en coche a casa, porque Julio (que era quien la traía) prolongaba la fiesta un poco más. También para cambiar de bar venía en mi vehículo.
   Sus ojos me cautivaban, su afilado mentón desquiciaba mi mente, su voz cálida y radiofónica eclipsaba mi corazón. Aquellos acordes que emitía su mandíbula escultural ejercían una atracción electromagnética de alta frecuencia, ionizante a más no poder. Era complicado resistirse a una fuerza tan bella. De verdad que esta mujer nublaba mi personalidad. La enorme seguridad que tenía en mí mismo cojeaba desde sus pilares a cada golpe de su mirada. Por eso evitaba coincidir con sus ojos mucho tiempo, para no dejar mi alma al descubierto, para no regalar mi inseguridad, mi debilidad por ella. Aquellos dardos oculares eran muy peligrosos pues hacían plantearme demasiadas cosas. La sensación de protagonismo en sus pupilas y el contacto con su piel, eran el saqueo de mi corazón. Desnudaba mis sentimientos y no quería que fuera tan evidente. Aquello me avergonzaba frente a mi novia.

 
Single de Helloween perteneciente a su disco "Master of the Rings" (1994)
 
   Los trayectos a su vivienda eran paseos por las nubes que se hacían efímeros. Reconozco que alguna conversación se hizo pesada pero aún así deseaba su compañía todo lo posible. Una noche tardó en bajar del coche más de veinte minutos, pero no me importó. Supongo que el cansancio que alegaba para ir a su casa se difuminó un poco charlando conmigo y eso me halagaba. Buscaba también información en gestos y conductas, en el lenguaje no verbal, para creerme que ella también sentía algo hacia mi, a pesar de su asentada relación sentimental. Quizá eran imaginaciones mías, engaños de soñador o evidencias reales, pero me hacían sentir bien.
   Cuando me habló de su cambio de domicilio a la capital tuve pensamientos enfrentados: por un lado esto suponía vernos poco o nada; por otro, esta situación podía salvar mi relación y olvidar mi enamoramiento irracional. Así que mi respuesta fue de felicidad para no dejar entrever mis sentimientos y cuantificar su reacción.    
   Tanto tiempo sin sufrir algo así por otra persona que no fuera mi pareja me abrumaba, pues no sabía interpretar todas las sensaciones producidas y me ponía nervioso en momentos inadecuados: Otra noche, cambiando de bar, me dio por toser. Algo me picaba en la garganta que me hizo hasta lagrimar. Bebí agua, aclaré mi garganta y se me pasó, pero yo sé que influyó la compañía de aquella pequeña. Y digo pequeña por su estatura, porque su belleza era de tal altura que mareaba contemplarla.
   Tras dejarla en casa, volvía a mi morada o seguía la ronda cervecera con los amigos. En el segundo caso, varios temas me hacían desconectar y pensar en banalidades. Si se daba la primera tesitura, me costaba conciliar el sueño. Notaba la respiración de mi chica que dormía, pero siempre me parecía que notaba mi frustración, me espiaba y trataba de hacerme sentir culpable.
   De repente, todos estos dilemas se fueron disipando y volví a tener conciencia de mi situación. Perdí el don de la ebriedad y volvió el mundo real: bar cerrado, noche avanzada, mi cuerpo medio caído y rodeado de líquidos malolientes que probablemente fueran míos.
   Me levanté del húmedo suelo, respiré hondo para despejarme un poco y regresé al hogar. Un poco de sueño en el lecho me sentarían mejor que confiar en la intemperie.
   Después, llegar al barrio de madrugada, abrir la puerta, recibir el arrullo del mutismo que te envuelve. Subir al dormitorio, pasar al baño, escuchar el silencio: cómo abruma. Venir de juerga, de picos pardos, de tomar unas copas con los amigos, reír y pasarlo bien. Aún así, si no estás tú esperándome en casa, la soledad pisa cada rincón de mi existencia. De nada sirven tantos buenos colegas, pues no serenan el vacío de mi ser. De nada sirven entretenimientos tecnológicos, instrumentos musicales, manjares gastronómicos, eres insustituible. Es más difícil de lo que creía rellenar ese boquete que dejaste en mi corazón gracias a un butrón.
 
 
 
   El alcohol mitiga los efluvios de la mente, sirve de boya a la que me agarro para no ahogarme en los abismos del dolor y la nostalgia. Pero nunca es suficiente, siempre necesito más y acelero el ritmo descarnado del beber para olvidar que soy yo. Busco con ahínco ese don que solo la ebriedad me proporciona.
   Al día siguiente el ritual se repite: llamadas reiteradas al teléfono fijo me hacen despertar. Cómo no, es mi jefe que por enésima vez y hecho una auténtica vorágine de impaciencia, me asegura que no habrá más oportunidades. Una vez más y me quedo sin trabajo. 
   Los sueños alcoholizados de la noche aún revolotean en mi cabeza, no me dejan pensar con claridad y vuelvo a tomar sus amenazas como meras maniobras disuasorias. Sé que me había prometido no trasnochar los días antes de los laborales, pero no soporto más las paredes de la casa, ni tampoco las del corazón ya que, al no estar entibadas, corren el riesgo de caer y aplastar lo que queda de mí.
   No hay más motivos en mi mundo para añadir días a mi agenda penitenciaria, cuando lo que deseo es eliminarlos todos. También he pensado en la solución rápida y fácil: el suicidio. Pero no, soy demasiado cobarde y, por qué no reconocerlo, me da pereza.
   Aprovechar el calor de otras mujeres tampoco basta, solo sirve de analgésico y nunca encuentro ninguna que pueda hacerme olvidarte. Sólo la música aporta un efecto gratificante, duradero y logra la desconexión del cordón umbilical que me une a tu recuerdo. Por eso lapido mis ahorros en conciertos diversos y en bebidas espirituosas.
   Es curioso. Sé que volveré a estar en esas alcohólicas condiciones, jugándome fortuna y trabajo, pues bajo el don de la ebriedad, sueño con la chica que acompaño a casa y con la que comparto aún domicilio (a la que engaño de pensamiento y omisión). Maravilla de don, que me hace sentir que la vida real sólo existe cuando estoy sobrio.



    En octubre de 2011 la editorial InnovaLibros convocó el I Certamen Monográfico "Bajo el Don de la Ebriedad". Participé. Ni que decir tiene que no gané y que lo mejor del relato es el título, que hace referencia al libro de poemas de Claudio Rodríguez. A mi sin embargo me gusta y ya lo publiqué a través de Mundopalabras en agosto de 2012.
 

lunes, 31 de agosto de 2015

A LA TERCERA… ¿VA LA DESPEDIDA? (Crónica de un concierto de AC/DC) Parte 7 (Final)


(Escrito inicial: julio de 2009) (Parte 1 en el post con fecha 7 julio 2011)Ver la Parte 1
                                                        (Parte 2 en el post con fecha 3 agosto 2011) Ver la Parte 2
                                                        (Parte 3 en el post con fecha 22 julio 2012) Ver la Parte 3
                                                        (Parte 4 en el post con fecha 17 abril 2013) Ver la Parte 4                                                       
                                                        (Parte 5 en el post con fecha 2 marzo 2014) Ver la Parte 5
                                                        (Parte 6 en el post con fecha 5 octubre 2014) Ver la Parte 6
 
   El lunes 8 de junio nos pegamos un buen madrugón tras habernos acostado a las cuatro y pico de la mañana, pero es que el avión salía temprano. Jose Ángel volvía a Bilbao por la noche, así que tuvimos que dejarle solo durante todo el día en la ciudad condal.

   En el aeropuerto me llamaron la atención los libros de las tiendas en catalán, como por ejemplo “L’Ombra del Vent” o “El Noi del Pijama de Ratlles”.

   Volvimos con la sensación de que nos habían cobrado hasta por existir y de habernos dejado un dineral en tan sólo dos días. Será difícil que elijamos esta ciudad para ir de vacaciones y mucho menos para vivir, así que nunca seremos Albert, Carles, Lluis Miquel, Oscar, Eduard, Josep Ángel o Ricard.


   Ya en Madrid, comimos en un burguer cercano al aparcamiento del coche. Al salir nos pilló un chaparrón que complicó la ingestión de unos helados, así que nos metimos de golpe en el Corsita de Oscar, casi sin poder despedirnos de Edu, que corría a lo Benny Hill hacia la boca de metro.

   En la ruta hacia Toledo nos enterábamos de que Lourdes había tenido problemas durante el fin de semana con su embarazo y nos solidarizamos un poco con Oscar, ya que tenía tarea al llegar a casa mientras los demás reposaríamos inertes hasta el día siguiente.


   Aunque me invadía cierto pesar por el concierto vivido, durante el resto de la semana no paré de escuchar en el coche los discos “The Razor’s Edge” y “Live in Donington”, una y otra vez. Mi criterio final varió un poco, ya no estaba tan desilusionado y pensé que había sido una experiencia harto gratificante. Pero la escucha de estas obras maestras me reafirmó en la opinión de que ya es hora de cambiar un repertorio más que manido en estos años. Si no están para tocar temas rápidos, que no los destrocen. Abundan grandes canciones en su discografía que pueden ejecutar sin despeinarse como las geniales “Jailbreak”, “Stiff Upper Lip”, “Hail Caesar”, “Moneytalks” o “Who Made Who”. También deberían incluir en el setlist como irremplazable “Big Gun” o retomar la increíble “Thats the Way I Wanna Rock’n’Roll”.


   Todo el mundo tendrá sus hits esenciales de esta mítica banda, pero creo que estarán de acuerdo en que variar apenas diez temas en trece años, con un catálogo tan amplio y de calidad, es una “porca miseria”.

   Por cierto, parece ser que a nuestras chicas no les gustó el imán de la Sagrada Familia que les llevamos como souvenir. En fin, que no nos culpen a nosotros, la intención era buena. Si acaso hay un culpable, ese es Gaudí.

   Fin

   (Para Alberto, Carlos, Oscar, Eduardo, José Ángel, Ricardo, Xavi y compañía)

sábado, 4 de julio de 2015

VERSOS MENGUANTES IV

Ese simple gesto de decidir abrir una carta, cambió mi devenir,
ese simple gesto de decidir abrir una carta,
ese simple gesto de decidir,
ese simple gesto.

Dices que soy todo lo que buscas, pero me relegas a la categoría de amigo,
dices que soy todo lo que buscas,
dices que soy todo,
dices.

Hay noches como la de ayer que figurarán al lado del término nostalgia,
hay noches como la de ayer que figurarán,
hay noches como la de ayer,
hay noches.

Ahora que te tengo delante todos los días es cuando más lejos estás,
ahora que te tengo delante todos los días,
ahora que te tengo delante,
ahora que te tengo.

Para Oscar “Tomasa”


domingo, 14 de junio de 2015

SI EL SENADOR VOLSTEAD LEVANTARA LA CABEZA. IRONÍAS DE LA LEY SECA:

   Estaba decaído, mohíno y apesadumbrado. Cosas del curro, la falta de motivaciones y demás. Entonces llegó a casa mi amiga Marta con una sorpresa que no me dejó indiferente.
   Sacó del coche una caja de cartón que parecía rescatada de un tiroteo propio del Chicago de los años 30. Se observaban impactos de bala en el exterior.
   Cuando la abrí, encontré dos objetos muy dispares. Por una lado, una cerveza artesanal y, por otro, un osito Teddy de peluche. Sí, habéis leído bien, un osito de esos “de toda la vida”. ¿Y por qué mi mejor amiga me regala algo así conociéndome como me conoce?. Pensé que era un presente compartido: la birra para mí y el juguete para mi novia. Entonces me animó a leer el folleto informativo que estaba en el interior de la caja.

 
   Contaba la historia del senador Volstead, responsable de la ley que prohibía en los años 20 la elaboración, transporte y venta de “cualquier bebida embriagante”. Concretamente, el 17 de enero de 1920, el senador Andrew Volstead dijo: “Esta noche, un minuto después de las 12, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales”. Dicha normativa ha llegado a nosotros como la famosa “Ley Seca” de los Estados Unidos. Por suerte para los aficionados a la cerveza, hoy podemos mencionar este acontecimiento como una mera curiosidad o acto anecdótico.
   Así que, inspeccionando los orificios del peluche, como si estuviera en una aduana investigando una denuncia de tráfico de drogas, descubro una segunda botella alojada en su interior. Este era uno de los métodos usados para el contrabando de alcohol. Hay que reconocer que la presentación es muy curiosa.


   Desde Galicia, sus creadores Curro Martínez y Luis Pereira, a través de Idea Hotel y Saramagal (Bieron Agudelo S.L.), nos invitan a su página web, en la que nos reciben unos ositos que pueden hacerte dudar sobre dónde te has metido. Pero como dicen ellos “nada es lo que parece”. Tienes que minimizar el tamaño de la pantalla y ¡sorpresa!, no te has equivocado y estás de verdad en una web cervecera.


SENADOR VOLSTEAD ALE, Etiqueta Blanca

   Rubia turbia con poso apenas perceptible, espuma blanca muy poco consistente y con burbuja pequeña. Olor floral y cítrico acentuado muy agradable. Con los primeros tragos se echa en falta bastante más cuerpo. Conforme se calienta, se intensifica un poco destacando el sabor a cítrico. Tiene un amargor medio y es demasiado carbonatada. Lleva semillas de cilantro y piel de naranja. En la etiqueta se indica que es de alta fermentación tipo Ale rubia, estilo belga, pero también que es una weissebier, algo que induce a error y eso que realmente es una mezcla de maltas de cebada y trigo, ale belga y cerveza blanca.


Nombre: Senador Volstead Ale
Procedencia: Agudelo - Barro (España)
Tipo de Cerveza: Ale estilo belga y cerveza blanca.
Graduación: 5 %
Volumen del envase: 33 cl.
Maltas: Pale y de trigo
Se recomienda servir: entre 4 – 7º C.


SENADOR VOLSTEAD Etiqueta Negra

   Oscura, de color rojizo, con espuma muy, muy escasa y con burbuja finísima. Olor con toque torrefacto fuerte que se confirma al degustarla. Está elaborada con un 100% de malta de cebada de diferentes grados de tostación. Tiene recuerdos claros de las stout irlandesas y sabor a cereal. Cuerpo regular. El sabor cansa un poco y es que reconozco que no soy muy seguidor de las cervezas que me traen a la memoria las tipo stout.


Nombre: Senador Volstead Etiqueta Negra
Procedencia: Agudelo - Barro (España)
Tipo de Cerveza: Ale
Graduación: 6 %
Volumen del envase: 33 cl.
Se recomienda servir: entre 4 – 7º C.

   Es indudable que la idea es muy original y la presentación y puesta en el mercado es excelente. Eso sí, la etiqueta es simplísima. Quizá hayan querido respetar la estética de las birras originales de la época, a costa de perder reclamo visual en la actualidad.

 

   Pero falla un poco en lo más importante: el producto final. Que no se me malinterprete, calidad hay, pero en un mercado actual saturadísimo de cervezas tan similares, es complicado destacar por encima de tantas maravillas que puede echarse uno a la boca. También es cierto que la estupenda imagen crea expectativas muy, muy altas, que no se ven del todo cumplidas cuando uno degusta el contenido. 

   Para Marta.

   Artículo publicado en el blog Biero el 27-5-2015 bajo el seudónimo de Koldo Mikel.