jueves, 16 de enero de 2014

EL UMBRAL DEL PODER. Margaret Weis y Tracy Hickman


Autores: Margaret Weis y Tracy Hickman
Editorial: Altaya
Año: 1994
Valoración: 8,5/10
Temática: Épica / Fantástica


   “El Umbral del Poder” es el tercer libro de la segunda trilogía de la famosa saga Dragonlance. Estando en el instituto disfruté de la primera, llamada Crónicas, que consta de “El Retorno de los Dragones”, “La Tumba de Huma” y “La Reina de la Oscuridad”. Si ya me gustó entonces, al releerla hace pocos años, confirmé que continuaban siendo historias apasionantes y emotivas. Es absurdo negar el valor de “El Señor de los Anillos” en la literatura fantástica mundial, pero creo que no exagero al afirmar, que las obras de Dragonlance escritas por Weis y Hickman están, por lo menos, a la altura del gran Tolkien. Eso sí, los segundos lo tenían más fácil ya que los relatos a describir podían desarrollarlos sobre un mundo y unos personajes ya inventados por el primero.
   En mi modesta opinión, estos autores, poseen múltiples recursos, no se pierden en innumerables descripciones de paisajes, estancias o atuendos, (salvo lo indispensable y nunca generando momentos tediosos); hacen que sus protagonistas sean creíbles, heroes o villanos, con sus defectos, miedos, valores y virtudes; y envuelven las historias en un halo tenebroso, palpitante, pero siempre repleto de amor, enorme protagonista, ya sea entre amigos, hermanos o parejas, pero sin que resulte ñoño o cursi, alcanzando momentos épicos en los triunfos y dramáticos en las derrotas. Todo esto lo consiguen a pesar de utilizar sujetos estereotipados y tópicos de esta temática, como son el enano, el mago, el guerrero, etc. Las primeras lecturas nos traerán a la mente, sin remisión, los juegos de rol y “Dragones y Mazmorras”.
   Con esta segunda trilogía, las “Leyendas de la Dragonlance”, y con “El Umbral del Poder” termina la historia que se inició en “El Retorno de los Dragones”. Los primeros tres ejemplares me gustaron más, sobretodo por la variedad de individuos, razas, territorios, etc. En las Leyendas, la eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, se centra en dos de los protagonistas más interesantes de la saga: los hermanos Caramon y Raistlin Majere. El primero es el típico guerrero fuerte, musculoso, con poco cerebro, bonachón y terrenal. Una especie de Conan amigable, leal y “buena-gente”. El segundo es la antítesis: el mago enjuto, enfermo, decrépito, frágil, maligno y con ansias de poder y destrucción para vengarse de un mundo que le desprecia. Una mirada a sus ojos, con forma de relojes de arena, nos hará entender la visión personal que tiene de un mundo que agoniza, que va muriendo poco o poco y en el que toda criatura se descompone un poco más, con cada minuto que transcurre.
   En “El Templo de Istar” y “La Guerra de los Enanos” (libros 1 y 2 de esta segunda trilogía), podemos echar en falta a personajes de las Crónicas, pero el último volúmen recupera a muchos de ellos para relatar el final de la guerra de la lanza. Al igual que en “El Señor de los Anillos” todo termina de manera bastante abrupta. La confrontación entre dioses, dragones, elfos, hechiceros, enanos, trolls, etc., dependerá de un solo individuo y con él acabará o dará comienzo el reino de las tinieblas.
   No voy a desvelar nada de la trama ni del desenlace, puesto que en este comentario del blog quiero recomendar encarecidamente no solo este ejemplar, sino los cinco anteriores. La fama que ha adquirido la saga Dragonlance en todo el mundo es bastante merecida y a estas alturas creo que supera los cien volúmenes, ya que ha dado pie a secuelas y continuaciones, tanto de sujetos principales, como de secundarios o figurantes sin importancia. Para asimilación correcta y mejor comprensión, es necesario leerlos en orden, puesto que si comenzamos por un libro al azar, perderemos parte del hilo conductor y los nombres, reinos, razas, se nos antojarán más difíciles de aprender y entender.
   En los últimos tiempos, se asocia la literatura fantástica al mundo infantil o a los adultos más “frikis”, pero os aseguro que las obras de Weis y Hickman están escritas con mimo, originalidad (algo difícil en este género) y tienen una calidad literaria indiscutible, no apropiada para críos. Si no me creéis, pongo como ejemplo un fragmento de “El Umbral del Poder” y que sea el propio libro el que hable por sí mismo:
   “Tenía la faz blanquecina, cadavérica. La piel formaba una película tirante sobre los huesos, ribeteaba los labios el matiz violáceo de la muerte y, cuando su oponente abrió la boca en un feroz gruñido, Crysania se enfrentó a sendas ristras de colmillos negros y putrefactos. Sedienta de sangre, aquella criatura engendrada por artes diabólicas extendió hacia la mujer sus garras retráctiles y sus uñas le arañaron la carne de tal manera que, cual si de una mordedura de ofidio se tratase, un agudo y paralizante dolor se difundió a través de sus venas. Jadeando, hubo de soltar al demonio. Éste, ensanchando su rostro en una perversa mueca de placer, reanudó su tarea de torturar al infeliz postrado”.

jueves, 26 de diciembre de 2013

LA HEBILLA ES BELLA

   Nunca fui de los que demostraban su pasión por la música al espectador externo vistiendo ropa llamativa, luciendo larga melena o emitiendo voces estridentes. Mi timidez siempre me hizo ser discreto. Durante mis años más jovenes y rebeldes, como aficionado al heavy y al rock’n’roll, tuve el cabello hasta los hombros y vestí algunas camisetas negras de varios de mis grupos favoritos. Pero mi militancia rockera nunca pasó de ahí, evitando llamar la atención con calaveras, sangre, chupas con tachuelas, cinturones con balas, pinchos y demás parafernalia. Siempre me gustó más la estética rockabilly, con las botas altas de piel acabadas en punta, cazadoras, camisas elegantes y, sobretodo, las hebillas. Eso de llevar un parachoques metálico al frente me cautivó y desde la adolescencia me han acompañado como parte de mi indumentaria. Aficionarme a las mismas fue un paso lógico, ya que el cinturón era de uso inexcusable en mi atavío, puesto que siempre estuve tan delgado que, de no utilizarlo, los pantalones se hubieran dado por vencidos en su lucha contra la gravedad.
Ave tremenda que tuve que revender porque no necesitaba un ariete
   A principios de los 90, en un campamento en Francia, conocí a José Antonio: rocker liberal que no hacía ascos a grupos fuera del género, como Depeche Mode o Pet Shop Boys. Me recompró una hebilla que adquirí en un mercadillo, con un águila enorme, y que no sabía ni cómo ponerme, ya que mi desconocimiento del tema era tan grande que ignoraba que era necesario un cinturón adaptado con remaches para acoplar aquella rapaz.
   La primera hebilla que exhibí, con su cinto y todo, fue una que me regalaron mis padres tras volver de unas vacaciones en Mallorca: era rectangular, con un tren del oeste americano de la Wells & Fargo. Me duró muchos años hasta que un buen día se partió en dos por la mitad. Puedo demostrar que no fue porque me saliera tripa. Por suerte, cuando viajé a Nueva York en 2009, encontré una muy similar en una tienda y no me lo pensé (foto nº 1). El gasto era justificado por sus connotaciones nostálgicas. Gracias a ese desplazamiento a EE.UU. pude comprar algunos ejemplares muy guapos, ya que en España cuesta mucho encontrar motivos que no sean rosas o símbolos del dólar.




   Con el tiempo he ido formando una pequeña compilación en la que hay de todo: desde las piezas más heavies (foto nº 2), pasando por las más bonitas y discretas (fotos nº 7, 8 y 9), hasta llegar a las más originales y llamativas. Entre estas últimas se encuentra la espuela giratoria (foto nº 12), cuyo movimiento y colocación estratégica usé en el pasado para bromear con algunas chicas; la calavera vacuna (foto nº 6), de las más valoradas como objeto de coleccionista, con su número de serie y todo; el cargador de pistola Colt (foto nº 11) con su tambor rotatorio, o la que oculta un mechero Zippo (foto nº 14), cual cría en bolsa de canguro. Varias han perdido su color original, brillo y estética por uso y desgaste, pero también su dueño y ellas no se quejan.


 Fotos nº 11 (Tambor) y 12 (Espuela)


   Mi incipiente “tripita” hace que la hebilla de la vaca (foto nº 6) o la de Harley Davidson (foto nº 5) me cueste lucirlas, porque esas alas y cuernos pinchan, cual infidelidad en el corazón, y dejan marca (sólo corporal, por suerte). Atrás queda aquella tableta abdominal de la que presumía, no como resultado del ejercicio físico sino gracias al aspecto escuálido y raquítico que casi siempre he disfrutado.

 Fotos nº13 (Baraja) y 14 (Mechero)
   Dado que la mayor parte de mi vida laboral se ha desarrollado cara al público, he tenido que vestir ropa acorde con la “buena imagen” que preconiza la sociedad. Por eso, el uso de mis hebillas queda relegado a los fines de semana, junto con mis camisas vaqueras y, mientras me dure mi estupendo flequillo, el peine en el bolsillo trasero del pantalón, resquicio también de mi pasado rocker.

domingo, 24 de noviembre de 2013

AÚN QUEDAN PÁGINAS POR LLENAR, Aún quedan cervezas que vaciar


Hacemos comedia,
divina, mala e intermedia,
cultivamos el arte de la escritura,
filmamos películas, monólogos,
goliardos somos sin tablatura,
en originalidad nadie nos gana,
más de tres lustros nos avalan,
ponga un Desaborio en su casa.
 
Rebasamos duelos y quebrantos,
volamos metidos en jaulas,
somos fugitivos sedentarios,
nunca volveremos a las aulas.

Sibaritas de concomitancia,
enjundia para aliñar existencia,
celosos de esta compañía
que sirve como alternador
para cargar nuestras vidas,
“way of life” campeador,
quien quiera, que nos siga.

 El paso de una década a otra
quedó marcado por un lar,
mini-urbe repleta de edificios,
segundo hogar,
la UNI, la Laboral.

Crecimos y aprendimos juntos,
superando óbices diarios,
también suspendimos, algunos,
por pensar en atavíos escotados.


 
From San Pablo de los Montes to Eternity


Hubo un tiempo
en que fuimos los mejores,
pisando la hierba, el cartel y demás,
fuimos currelas, tiradetes,
deseando la yesca quemar.

 Un portal, un banco de madera,
un quiosco, un olivo en la acera,
buenos lares para hablar
de amores que nunca fueron,
de sueños, dudas y recelos.

 Nunca encontré Desaborios
con tan buen sabor,
aquí sobra el salero,
pon otra Mahou, por favor.

 Unos se dieron de baja,
otros de bruces,
el viento quitó la paja,
quedó el grano, a todas luces.

 Quien me iba a mí a decir
en aquellos días de comedor,
que COU no sería el fin,
sino un capítulo escrito,
de los muchos Desaborios
que tendrían que venir.

 Hubo quien dijo
que éramos una mala influencia,
esta es la que quiero yo,
que las buenas...
aburren y crean conciencia.


Para Los Desaborios, mis Compañeros de Viaje


Poema publicado en el libro "Desaborios, Compañeros de Viaje" (marzo de 2011)

lunes, 28 de octubre de 2013

MEMORIA DE "S-PEZ-TRUM"


   Recuerdo aquel anuncio de Coca Cola de hace un par de años sobre los treintañeros y la nostalgia de los tiempos pasados (http://www.youtube.com/watch?v=m8nuKYl6cls) y pienso que dieron un toque muy yanqui al asunto. Los que nacimos en los 70 no solo tenemos en mente la ropa o la música en cassette. Ni generación X, ni jasp, ni X-Men, ni leches, somos la generación Nocilla.
   Si. No estaba la economía familiar como para andar con play-station, Ferreros Rocher, ni móviles (sobretodo porque no existía nada de esto, ni siquiera los bombones), así que nos inculcaron la cultura del ahorro, del esfuerzo, de la paciencia y, cómo no, impulsaron nuestra imaginación hacia la reutilización.
 


 
 
 
   Así pues, el recipiente de Nocilla se convertía en vaso de agua. Pero también aprendimos con la experiencia de muchos aspectos  vitales: la violencia en las aulas se practicaba gracias a “artefactos” como el canutillo del boli Bic y arroz, o un trozo ensalivado de papel (también con un globo roto atado al cuello de una botella grande de refresco); fuimos de los que sentimos miedo con el video “Thriller” de Michael Jackson; la prevención de riesgos en los parques era nula y los columpios, como el abrasador tobogán, eran trampas mortales; a los profesores se les precedía con un “Don” y siempre tuvieron credibilidad y tratamiento de autoridad frente a nuestros padres; si llevabas chándal debías andar cauteloso ante crápulas que te dejaban en calzoncillos; nuestra lívido se hizo mayor con los pechos de Sabrina y las clases de aeróbic de Eva Nasarre; nadie quería jugar al teto; las temporadas eran de chapas, peonza, yoyó y lima; la educación televisiva se dejó en manos de unos rombos y una bruja con cables; la ropa tampoco era tan importante mientras no transparentara la muda interior, eso sí, los calcetines deportivos blancos debían llevar su franja azul y roja en la parte superior; para jugar al ordenador había que hacer acopio de paciencia y esperar decenas de minutos mientras escuchábamos una banda sonora llena de pitidos y estruendos; las cabeceras de las series en televisión duraban una maravillosa eternidad que no estaba reñida con las ganas de volver a verlas al día siguiente; las rodillas y codos debían ir provistos de buenas costras, sobretodo en verano; Michael J. Fox podía tocar la pandereta y jugar al baloncesto lleno de vello; la droga adquirible en los colegios era el paloduz; tener gafas te relegaba a la etnia de los parias; el Amstrad fósforo verde era una máquina insalubre que te aumentaba las dioptrías; un cd los ahorros de muchas semanas; acabar un álbum de cromos era como ganar el Planeta; el baño era compartido y las habitaciones familiares escasas; el cambio climático aún estaba en el paritorio y las niñas se maquillaban en carnaval, ya que la infancia duraba bastantes años.

 

   Admiro aquella paciencia que nos permitía estar toda una tarde sentados en un banco del parque junto a un amigo, una bolsa de pipas, y una entrañable conversación. Incluso en silencio pasábamos el rato tan cómodos, sin necesidad de móvil, ipad, ni “duermeneuronas” similares.
   Son tantas las cosas que no se me olvidarán a pesar de mi memoria de “sPEZtrum”.
   Benditos años y bendita ingenuidad.
 
   Para Fermín

domingo, 6 de octubre de 2013

A TRAVÉS DEL CRISTAL


   Aquella noche estaba preciosa: había rescatado de las polillas aquel vestido olvidado que elogiaba su figura. Su cabello bruno y ensortijado, brotaba cual magma de un volcán y sus ojos te adentraban en un juego de espejos, devolviendo la imagen siempre distorsionada.

   Mientras asistía, como privilegiado espectador, a la película de su cuerpo, ella labraba surcos en el parquet del salón. Giraba imparable, dando vueltas y vueltas, cual guerrero Cimmerio encadenada a una rueda de molino, irradiando su impaciencia. Sabía que la cita era vital porque, si acababa mal, no habría otra oportunidad.

   Por ella no sería. Por eso preparó la cena a conciencia, incluyendo todo lo que a él le gustaba cuando compartían piso. Entre otros detalles, tenía dispuesta una botella de espumoso, para regar con Sauvignon Blanc los paladares.

   El atrezzo que servía de ecosistema al vino, estaba compuesto por una vajilla de fina porcelana, cubertería de esas que coge polvo en un cajón (hasta que se encuentra un motivo o una compañía por la cuál merezca la pena oxigenarla) y las socorridas velas, que hacían de luciérnagas en tan romántico escenario.
 
 
Portada del disco "Retro Active" de Def Leppard

   Cualquiera que como yo, observara el fruto del amor y la ilusión puestos en esta cita, se sentiría conmovido y desearía estar en el lugar del invitado. Nadie con un corazón salubre podría desaprobar tamaña muestra de esperanza por reparar algo que fue y dejó de ser.

   Por desgracia, yo nunca podré adoptar el papel que mencionaba, puesto que solo soy un delicioso vino de Rueda, que espía a través del cristal, siendo partícipe de la inquietud de una dama. Espero que mi mediación posibilite un acuerdo. Debo relajarme o mi sabor será distinto al esperado. Lástima de etiquetas, tan grandes y adosadas a mi cuerpo, quitan visibilidad a la escena.


Escrito original: 29-11-2011 para el Concurso Microcuento “Mujer y Vino” organizado por E+F a través de Facebook